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Si Jesús está en el centro disipa los miedos


Se tiene como costumbre reflexionar, en este Segundo Domingo de Pascua, la figura del apóstol Tomás y su incredulidad. Sin embargo hay algún matiz que es bueno hacer notar: a pesar del anuncio de la resurrección de Jesús los discípulos siguen con miedo.

El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a “anochecer”. Su miedo les lleva a cerrar bien todas las puertas. Solo buscan seguridad. Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús en aquel momento de temor.

¿Qué nos dice esto? No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentir a Jesús vivo en medio de ellos. Solo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.


Los discípulos “se llenan de alegría al ver al Señor”. Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible “ver” a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que solo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.

A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evangelio y decimos que es “Palabra del Señor”, pero a veces solo escuchamos el chiste que dice el predicador.

En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.

Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy “centrar” a Jesús en nuestras vidas y reuniones cristianas. Él está vivo y presente entre nosotros ¿Somos capaces de verlo en medio de nuestras reuniones litúrgicas? 

P. Roberto Escalante

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto...


…así tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

Es una clara alusión a la crucifixión la que encontramos al inicio del Evangelio de este Domingo IV de Cuaresma, pero ¿Qué sentido puede tener hablar de crucifixión,  en medio de una sociedad que sólo parece exaltar el placer y el bienestar? ¿No es esto enaltecer el dolor, glorificar el sufrimiento y la humillación, fomentar el masoquismo, ir contra la alegría de la vida?

Sin embargo, cuando un cristiano católico mira al Crucificado y penetra con los ojos de la fe en el misterio que se encierra en la Cruz, sólo descubre amor inmenso, ternura insondable de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo. Lo dice el Evangelio de manera admirable: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

La Cruz nos revela el amor increíble de Dios. Si Dios sufre en la cruz, no es porque ama el sufrimiento sino porque no lo quiere para ninguno de nosotros. Si muere en la cruz, no es porque menosprecia la felicidad, sino porque la quiere y la busca para todos, sobre todo para los más olvidados y humillados. Si Dios agoniza en la cruz, no es porque desprecia la vida, sino porque la ama tanto que sólo busca que todos la disfruten un día en plenitud.

Por eso, la Cruz de Cristo la entienden mejor que nadie los crucificados: los que sufren impotentes la humillación, el desprecio y la injusticia, o los que viven necesitados de amor, alegría y vida ¿Seremos nosotros algunos de ellos? Pues si lo somos comprenderemos que Jesús  en la cruz no deja sólo  enseñanza de dolor y muerte, sino un misterio de amor y vida.

¡Te Adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo!

Signos del Reino en medio del mundo


Entresacando algunas ideas del capítulo uno de san Marcos, me encontré con el sorprendente resumen -que en pocas líneas- se puede hacer sobre la actividad de Jesús: en casa de Simón ante la mujer enferma dice Mc que Se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Ante la cantidad de enfermos que eran llevados a su presencia, el mismo Evangelista dice que  Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios. Y para enseñar a sus discípulos la necesidad de la comunión con el Padre, Se puso a orar. Finalmente, se fue a otro lugar a predicar pues como El mismo dice “para eso he venido”.

Es el camino que Cristo traza para que la Iglesia lo siga. El cristiano es también un  apóstol y tiene la tarea de ser cercano con los hombres y mujeres de su tiempo. Ante la presencia del mal en el mundo, el cristiano tiene el deber de “curar” al mundo de sus males y “expulsar” dicho mal del entorno en que se vive.

Como esos enfermos que acuden a Cristo, también nosotros estamos llamados a descubrir nuestras enfermedades sin temor y a presentárselas llenos de confianza, sabiendo que Él ha venido no para condenar sino para salvar, que Él ha venido a buscar la oveja perdida y que Él quiere por encima de todo que gocemos de su amor y de su felicidad.

 Como el Apóstol Pablo, dejemos también nosotros que el amor de Cristo inunde nuestras vidas y seamos para los demás canales para encontrar este amor de Cristo en sus vidas.

Hoy que nuestro país se dispone para vivir un período electoral intenso, me parece oportuno recordar las palabras que Benedicto XVI, pensando especialmente en los jóvenes, lanzó al mundo en el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2012: “Me dirijo también a los responsables políticos. Ofrezcan a los jóvenes una imagen límpida de la política, como verdadero servicio”. Ojalá que se puedan celebrar las elecciones 2012 en ese clima cordial descrito por el pontífice. 

P. Victor Alvarado

Poseídos y liberados

Jesús en el Evangelio de este IV Domingo del Tiempo Ordinario,  se encuentra frente a un ser humano que está corrompido y ocupado por otro: un enemigo común de Dios y del hombre. En aquel individuo Jesús mira la presencia del adversario, del que divide, es decir, de aquel que impide el plan de Dios y destruye al hombre, de aquel que se ha adueñado de un hijo de Dios.

A este adversario el evangelista lo llama "espíritu inmundo". Esta es una expresión que tiene enorme resonancia en todas las páginas del Antiguo Testamento. "Inmundo", en el sentido bíblico más amplio significa todo lo que no es apto para la más mínima relación con Dios, que es "puro" y "santo". Por tanto, este espíritu representa lo que hay de opuesto a Dios en una determinada realidad o persona. Por eso es absolutamente necesario que el espíritu inmundo sea expulsado para que el hombre deje de ser un prisionero, un poseído, y pueda encontrar la armonía y la unidad que solo Dios le ofrece.

Si comprendemos entonces que el “espíritu inmundo” significa todo lo opuesto a Dios, comprenderemos, sin esfuerzo, que posiblemente nosotros podemos estar también "poseídos". Poseídos  por valores, actitudes, criterios, comportamientos, por todo tipo de cosas contrarias a la voluntad de Dios. Posiblemente estemos atados a estilos de vida que son contrarios a una vida auténticamente cristiana, es decir, a un mal estilo de ser persona y de actuar en nuestras propias circunstancias, de relacionarnos con Dios y con los demás. 

Jesús descubre esta situación de posesión y se enfrenta a ella con autoridad. El proyecto de Jesús es todo lo contrario de un hombre poseído, de un hombre dominado. Por eso el diablo se rebela contra Jesús: "¿Qué quieres de nosotros? ¿Has venido a acabar con nosotros?" Sí, Jesús ha venido a acabar con la posesión; a soltarnos de las cadenas que nos tienen atados; a desenredarnos; a liberarnos en lo más profundo de nuestro ser: “¡Cállate y sal de él! Y el espíritu inmundo salió”.

¿De qué estamos poseídos? ¿Por el orgullo, la lujuria, el consumismo, la fama, el trabajo, el poder? ¿Estamos liberados o aún hay  algún demonio que nos posee? Jesús tiene la autoridad para liberarnos, tengamos apertura a la maravillosa acción salvadora del Mesías. 


P. Geovany Rivera

Hipocresía, humildad, compromiso (Mt 23,1-12.)

El evangelio nos ofrece una dura crítica de Jesús a los escribas y fariseos, porque hacen todo sin pureza de corazón. Detrás de su celo por la observancia de la ley se esconden intenciones inconfesables, ya les dirá el Señor en otras ocasiones: ¡Hipócritas!

A veces las palabras son reveladoras. En la antigüedad, "hipócrita" designaba tanto al adivino como al actor, es decir, al que dice palabras que no son propias. Pero, bajo la influencia del arameo, no tardó en designar, en la Biblia, al hombre que desempeña un papel sin comprometerse. ¿Ocurrirá esto siempre entre los cristianos? Tenemos fe pero no queremos comprometernos... En este sentido, Jesús es todo lo contrario del "hipócrita". Todo lo que dice es suyo, y lo hace centro de su propia vida. Se compromete en el servicio, hasta humillarse, en favor de los hombres.

“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. En estas palabras, precisamente, se condensa el mensaje bíblico de este trigésimo primer domingo del tiempo ordinario. Jesús nos presenta en admirable síntesis el camino de servicio, de sacrificio y humillación que es propio del cristiano y, en especial, del sacerdote. Ya en el siglo V a.C. el libro de Malaquías amonestaba a los sacerdotes que no obedecían al Señor, ni daban gloria a su nombre. A estos sacerdotes se les amenaza con cambiar su bendición en maldición. Se han apartado del camino y han hecho tropezar a muchos. Todo lo contrario a estos sacerdotes es el testimonio de Pablo en la evangelización de Tesalónica: él se preocupa de los fieles como una madre se preocupa de sus hijos; desea no sólo entregar el evangelio, sino su misma persona; trabaja, se fatiga, da ejemplo, para no ser gravoso a nadie. Se alegra porque acogen la Palabra, no como palabra humana, sino como es en verdad, como Palabra de Dios. Pablo es el apóstol que sabe humillarse y por eso es enaltecido.

Humillarse en el servicio a los hermanos. Comprometerse según lo que somos: cristianos. 


P. Roberto Escalante

La Misión en la vida de la Iglesia.

¡La fe se fortalece dándola! Son las palabras con las cuales Benedicto VI cita a su predecesor Juan Pablo II con motivo de la Jornada Mundial de las Misiones en donde, con ellas exhorta a los cristiano del nuevo milenio a no tener miedo de Cristo y a lanzarnos a la misión como auténticos discípulos de Él. En este sentido debemos pues, acudir con ferviente espíritu de misión hacia nuestros hermanos y hermanas, mostrarles el rostro de Dios que es Jesucristo, e invitarlos a orar ante el Señor y a implorar su ayuda (cfr. Zac. 8,21), así pregonaros de la Buena Noticia seremos capaces con ellos de correr hacia nuestros hermanos mas alejados, para llevarles el gran anuncio: ¡Hemos visto al Señor!» (Novo Millennio Ineunte, 59).

Es de especial atención recordar que la Iglesia es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo, según el plan de Dios Padre ( cfr. Ad gentes, 2), de esta manera el papa Benedicto XVI nos recuerda que esta tarea no ha perdido su urgencia; al contrario la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse… Es por tanto que todo cristiano sin importar su estado o condición, está llamado a ser Misionero del amor de Dios para que todo pueblo y aldea conozca a Dios, alcance “creer con el corazón y alcance la santidad” (cfr. Rom. 10, 10). Ya el Señor nos ha dicho y nos invita: «Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura» (Mt. 28, 19). Esta es la Misión a la que nos llama el Señor con nuevo ardor y a la que el papa nos invita a no quedarnos tranquilos al pensar que, después de dos mil años, aún hay pueblos que no conocen a Cristo y no han escuchado aún su Mensaje de salvación.

Es por tanto, que debemos procurar con el apóstol hacer parte de nuestro ser cristianos, que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (cfr. 1 Tm. 2, 4), debe existir en cada miembro de la Iglesia un anhelo ferviente por llevar el anuncio a los más pobres. Así revelando el Evangelio de Dios o sea Jesucristo, se logre que la Iglesia faro de Evangelización llegue con su luz a los confines de la Tierra, y que cada cristiano misionero con su atentico testimonio, lleve  a cada corazón la alegría del Resucitado, y juntos con ellos exclamen:

“El cielo proclama la gloria de Dios,
El firmamento pregona la obra de sus;
Pues, a toda la tierra alcanza su pregón
Y hasta los límites del orbe su lenguaje” (Salmo 18)

Sem. Teodoro Pineda

Procuraduría para la Defensa de los Derechos de Dios (Mt 22, 15-21)

Pensaba esta semana en cuál sería la mejor manera para interpretar correctamente el Evangelio dominical (Mt 22, 15-21). Decidí preguntar a un amigo sacerdote, experimentado en la materia. Le exponía algunas ideas que había encontrado, que me parecían bastante creativas. Al terminar de exponerlas, me dijo: «Eso es ir demasiado lejos, no puedes decir algo que no está dicho en el texto».

Y ciertamente eso me puso en una situación difícil. Pero aquí estamos y nos toca decir algo. Decir lo que El Evangelio-mensaje siempre actual-quiere transmitir a todos los que vayan a Misa este Domingo.

Creo que en el título de este artículo va expresado el fondo del asunto: En cuanto a la autoridad, Jesús no plantea un nuevo reglamento, puesto que se debe, en justicia, el merecido respeto y los tributos que para procurar el bien común, es necesario a toda autoridad civil. Pero,  ¿qué es lo que pertenece a Dios? ¿En dónde está impresa su imagen y la inscripción? Todo, también el César, es decir, la autoridad, que nunca está solamente más allá de cada uno para servir al pueblo, sino que con cada uno y con el pueblo, está “bajo el Cielo”, bajo la mirada de Dios, teniendo como coordenadas de la propia actuación la naturaleza y la razón. Como afirmaba Tertuliano: “¡Es grande el emperador porque es más pequeño que el Cielo!”. Debemos darle todo a Dios. Debemos ser los defensores de Sus Derechos. Ya nos lo ha advertido el Papa en su reciente viaje a Alemania: “Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. En un momento histórico, en el cual el hombre ha adquirido un poder hasta ahora inimaginable, este deber se convierte en algo particularmente urgente”. Los cristianos hemos sido puestos en el mundo para que seamos promotores auténticos de los “derechos de Dios”. Procuremos fomentar el recto orden, que ha sido inscrito en nuestros corazones y es iluminado por la inteligencia de la fe. Así, nuestras comunidades cristianas podrán cantar con toda verdad: Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la Gloria, por siempre, Señor.


P. Víctor Alvarado


Invitados a una fiesta (Mt 22, 1-14)

Compartir una comida es signo de fraternidad y de alegría. Cuando alguien celebra algo importante suele hacerlo con una comida. Eso hacemos, por ejemplo, cuando alguien se casa o cumple años.  

Algunas religiones imaginan la felicidad de la otra vida como una mesa llena de manjares a la que se sientan aquellos que han sido invitados. En el texto de Isaías de este domingo se anuncia un festín de manjares suculentos "para todos los pueblos". La invitación de Dios es, pues, universal. No hay duda de que Dios no hace acepción de personas, para El todos somos iguales, a todos nos invita a participar en su fiesta.

Sin embargo, tal como se expresa en la parábola de los invitados a la boda, no todos responden positivamente a la invitación. Los primeros invitados no quisieron ir a pesar de la insistencia del rey que les ofrece terneros y reses cebadas. Se nos dice que uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios… ¡Cómo se parece esta parábola a la actitud de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo a quienes la utopía de lo material les llena sus bolsillos y vacía su espíritu.

Pero la invitación sigue en pie y hay otros que responden tanto buenos como malos. Pero no todos llevan el vestido de fiesta. ¿Cuál será este vestido? Este vestido se configura tanto a la gracia y a las buenas obras.

Examinemos cómo celebramos nuestras Eucaristías. ¿Vamos vestidos de fiesta, es decir con corazón dispuesto?, ¿se nota que estamos celebrando la alegría de nuestra fe?, ¿estamos en comunión con el Señor y con los hermanos?, ¿nos damos cuenta de que la Eucaristía nos compromete a ser constructores de un mundo donde reine la justicia y el amor? Si no es así, es que no tenemos puestos el traje de fiesta adecuado.

P. Roberto Escalante

La parábola de los dos hijos (Mt 21, 28-32)

Con sus parábolas, Jesús trata de acercar el reino de Dios a cada familia, cada persona. Por medio de estos relatos cautivadores va removiendo obstáculos y eliminando resistencia para que estas gentes se abran a la experiencia de un Dios que está llegando a sus vidas.

Cada parábola es una invitación a pasar de un mundo viejo, a un “país nuevo”, lleno de vida, que Jesús está ya experimentando y que él llama “reino de Dios”.

Sus relatos son una llamada a entender y experimentar la vida de manera completamente diferente: La manera de Jesús.

El seguimiento de Jesús se juega en la práctica. La parábola es una invitación a la conversión y a cumplir la voluntad del Padre. Las teorías y las palabras, por muy bonitas y conmovedoras que sean,  no dejan de ser palabras.   Lo interesante son los hechos. Los auténticos creyentes, hoy y siempre, son quienes hacen vida el Evangelio de Jesús.

El ideal no es decir "no" y luego “sí”, tampoco decir "sí" y luego “no”. El ideal es decir "sí" con convicción y compromiso y luego ser consecuentes y coherentes en la vida.

Concédenos, Señor,
un poco de calor, para nuestra frialdad;
un poco de consistencia, para nuestro barro;
un poco de agua, para nuestra sed;
un poco de luz, para nuestros momentos oscuros;
un poco de alegría, para nuestras penas;
un poco de ternura, para nuestras debilidades;
un poco de amor, para nuestro egoísmo;
un poco de ilusión, para nuestra desgana;
un poco de firmeza, para nuestras decisiones;
un poco de vida, para nuestra vida.
Concédenos, Señor,
un poco de escucha, para tu palabra;
un poco de sabiduría, para ser felices;
y un poco de tiempo, para aprender a ser hijos.
Concédenos, Señor...
congruencia, prontitud, disposición.


P. Víctor Alvarado

Llamados a trabajar en la viña del Señor (Mt 20, 1-16)

La parábola que este Domingo meditamos es básicamente una invitación a trabajar en la viña del Señor ¿Cuál es esa viña en la que debemos trabajar? Obviamente la Iglesia.

Dios sale una y otra vez a contratar jornaleros para su viña. Nadie, al final de los tiempos, podrá decir que no fue llamado por Dios. Es cierto que esa llamada puede ocurrir en las más diversas circunstancias, en las épocas más dispares de la vida. Pero nadie, repito, se podrá quejar de no haber sido llamado a trabajar en la tarea de extender el Reino de Dios.

Puedo afirmar, incluso, que esa llamada se repite en más de una ocasión para cada uno. Hay momentos en los que nos parece haber perdido el rumbo dentro de la Iglesia y de pronto se comprende que nos estamos desviando. Resuena entonces, de forma indefinida quizá, la voz de Dios para indicarnos que hay que recuperar el rumbo perdido y volver de nuevo a la viña, donde nos espera un salario.

Otra lección importante que se desprende de esta página evangélica es la de saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos jornaleros que protestaron no lo hicieron porque estaban descontentos del salario a recibir, sino de que los demás hayan recibido lo mismo.

Muchas veces nosotros, los que hemos sido llamados a primera hora por el Señor nos quejamos también de que los últimos reciban la misma recompensa. Deberíamos, en cambio, reflexionar en la gracia recibida de poder servir durante más tiempo a Dios, y ser los primeros en estar en su casa. 

En esta perspectiva, nadie tiene que sentirse más o menos que otro por lo que hace en la Iglesia. Lo único que importa es que cada uno haga todo y  bien lo que el Señor le pide, sin compararse con los demás ni ponerse envidioso porque el otro trabaja menos o brilla más. Lo decisivo no es si uno brilla más que los otros, lo decisivo es acoger el llamado de Dios y “trabajar” con el corazón en la viña del Señor.

Vamos a pedirle a nuestra Madre María que nos ayude a no desfallecer nunca en nuestra tarea de servir al Señor, y que lo hagamos siendo agradecidos del llamado recibido.

P. Roberto Escalante

Perdonar siempre ( Mt 18,21-35)

En el Evangelio, el Señor Jesús hace mostrar la inmensa misericordia de Dios Padre para con la persona que tiene deudas con él: el pecador.   Pero en esta ocasión, nos aclara también que para alcanzar el perdón de nuestras deudas, también nosotros lo debemos hacer con aquellos que nos han ofendido.  

Un tema muy difícil porque para todos resulta relativamente fácil pedir perdón, pero dar perdón es lo más difícil que pueda haber en la existencia. Pero no debemos olvidar que perdonar es condición obligatoria y fundamental para obtener el perdón.

Son muchas las personas que dicen que ellos no podrán perdonar nunca las ofensas de ciertas personas, porque les han hecho mucho mal. Y, tal como ellos entienden el perdón, tienen razón. Pero   perdonar no es olvidar, ni comportarse con las personas que te han hecho mucho daño como si no hubiera pasado nada. El corazón humano tiene unas leyes y unas exigencias que no se pueden cambiar fácilmente. Hay ofensas que afectivamente no podremos olvidar nunca, por mucho que lo intentemos. Pero el perdón cristiano no exige el olvido afectivo. Perdonar cristianamente a una persona que nos ha ofendido es no desear nada malo para ella y pedirle a Dios que le ayude a convertirse y a ser feliz haciendo el bien. No podemos olvidar lo que nos han hecho, pero no vamos a intentar devolverles mal por mal, sino que les deseamos paz y bien. El perdón cristiano es hijo del amor cristiano, que tiene poco que ver con el amor afectivo y pasional. No puedo amarle, ni perdonarle afectivamente, pero le amo y le perdono cristianamente.

El perdón cristiano siempre tiene algo de excesivo, de regalo de amor. Muchas veces las personas que nos ofenden no merecen nuestro perdón; se lo regalamos por amor. El rey de la parábola no perdonó a su empleado por justicia, sino por amor, porque “tuvo lástima de él”. En el rey de la parábola la misericordia fue superior al juicio. El mensaje de esta parábola es que debemos perdonar siempre, aún en los casos en los que, por justicia legal, no estemos obligados a perdonar. La justicia legal se rige por leyes: tanto me debes, tanto tienes que darme. La justicia moral cristiana se rige por el amor cristiano: no tengo obligación legal de perdonarte, pero te perdono por amor.


Pidamos al señor que los roces que surgen en nuestras relaciones familiares, amistosas y comunitarias puedan pasar por el filtro del perdón para que todos podamos crecer y vivir felices unos con otros.  Ese es el gran objetivo que Dios tiene para nosotros: la felicidad.

P. Eliseo Rivas

La corrección fraterna (Mt 18, 15-20)


Diríamos  que el capítulo 18 de Mateo, es el “discurso de la comunidad”, trata temas básicos del modelo de comunidad cristiana que quiso Jesús. Ya que el cristianismo es un  estilo de vida marcado por Jesús.  Nos preguntamos  ¿Qué es ser cristiano? : “un seguidor de Cristo”, por tanto debe mostrar al mundo la mejor cara.

Cuando la gente nos dice que los cristianos católicos no somos santos, debemos reconocer  humildemente que así es, pero para que logremos ser santos  los que no lo somos todavía, nos da Jesús unos remedios muy oportunos. Entre ellos el de la corrección fraterna.

“Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas” en primer lugar para arreglar conflictos y tratar problemas, nos invita el señor hacerlo en privado, con la persona interesada, en esto consiste la corrección fraterna.  Un proverbio de Salomón dice: “Te ama mucho mas quien te avisa de tus defectos y de los peligros que corres obrando el mal”.

Quizá esta expresión   del  Evangelio, sea motivo de angustia, porque muchas veces como comunidad parroquial estamos lejos de esto: hablamos con el vecino de las debilidades del prójimo, entre amigos se guardan nada, la esposa le cuenta a medio mundo de lo mal que se porta su esposo (La ropa sucia se lava en casa), papá pone en mal ante los hijos a mamá,  el hijo se está portando mal y nadie lo corrige etc.

A pesar de todo, es posible ayudarse unos a otros, es posible crecer juntos, en fraternidad, en familia, entre amigos, en comunidad.

Por último, el oficio de quien habla en nombre de Dios, no es cambiar a  la persona,  eso es solamente obra del poder de Dios y de la buena voluntad de cada uno. Por eso dice el salmista  “Ojala escuchéis hoy su voz, no endurezcáis el corazón” (salmo 94). Se requiere humildad para  reconocer errores, solo así se puede crecer. No olviden, “el querer es más poderoso que el poder” Bendiciones…

P. Oscar Hernández

Jesús y la Mujer Cananea (Mt 15, 21-28)


Semanalmente los sacerdotes hemos tomado a bien, publicar una reflexión del Evangelio Dominical. Comenzamos está semana con la reflexión que nos ofrece el Padre Víctor Alvarado. Recuerden que las sugerencias nos ayudan a ofrecer aquello que a ustedes les puede ayudar. No dejen de escribirnos. 


Jesús encuentra a una mujer cananea, perteneciente a un pueblo recordado en el Antiguo Testamento como idólatra y enemigo de Israel.

Esta mujer pide a Jesús piedad, actitud propia de la oración de los israelitas. Le llama Señor, Hijo de David, títulos que evocan el misterio de su Persona y que incluso a los discípulos les cuesta reconocer.

Sabe que está ante Alguien para quien es suficiente ver, compadecerse y actuar. ¿Estoy dispuesto a pelear, insistir y buscar salidas incansablemente por tantos hijos amenazados por el demonio del hambre, la sed, la explotación, la insolidaridad, la injusticia?

En el versículo 23 nos sorprendemos porque Jesús no le respondió nada. Aunque sus discípulos dijeron: «Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros».

A veces Jesús no responde para que respondamos y actuemos en su lugar.

¿Tenemos oídos para escuchar las súplicas -a veces, los gritos- de las personas que necesitan ayuda? ¿Cómo actúo ante ellas?

¿Soy consciente y trato de ayudar y aliviar? ¿Me molestan los gritos, necesidades, injusticias que padecen los demás?

Además de ayuda económica, lo que muchas personas necesitan es una mano tendida, una actitud acogedora, un interés sincero por sus problemas e interrogantes.

Pero a veces, y hay que decir que pasa la mayor parte del tiempo, Jesús se queda callado para que aprendamos a insistir y a tener paciencia. Bien dice la sabiduría popular: «Dios sabe lo mejor». Y en esa oración perseverante, en esa “dulce espera” que nace la fe, sabemos que Dios nos dejará sorprendidos con la mejor solución para nuestros problemas y la mejor respuesta para nuestra petición.

El silencio de Dios, nace de la Sabiduría de Dios. Él sabe lo mejor, por eso, muchas veces, calla. O en palabras de san Juan de la Cruz: Él «habla en eterno silencio».


P. Víctor Alvarado
 
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