“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto...


…así tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

Es una clara alusión a la crucifixión la que encontramos al inicio del Evangelio de este Domingo IV de Cuaresma, pero ¿Qué sentido puede tener hablar de crucifixión,  en medio de una sociedad que sólo parece exaltar el placer y el bienestar? ¿No es esto enaltecer el dolor, glorificar el sufrimiento y la humillación, fomentar el masoquismo, ir contra la alegría de la vida?

Sin embargo, cuando un cristiano católico mira al Crucificado y penetra con los ojos de la fe en el misterio que se encierra en la Cruz, sólo descubre amor inmenso, ternura insondable de Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta el extremo. Lo dice el Evangelio de manera admirable: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo el crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

La Cruz nos revela el amor increíble de Dios. Si Dios sufre en la cruz, no es porque ama el sufrimiento sino porque no lo quiere para ninguno de nosotros. Si muere en la cruz, no es porque menosprecia la felicidad, sino porque la quiere y la busca para todos, sobre todo para los más olvidados y humillados. Si Dios agoniza en la cruz, no es porque desprecia la vida, sino porque la ama tanto que sólo busca que todos la disfruten un día en plenitud.

Por eso, la Cruz de Cristo la entienden mejor que nadie los crucificados: los que sufren impotentes la humillación, el desprecio y la injusticia, o los que viven necesitados de amor, alegría y vida ¿Seremos nosotros algunos de ellos? Pues si lo somos comprenderemos que Jesús  en la cruz no deja sólo  enseñanza de dolor y muerte, sino un misterio de amor y vida.

¡Te Adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu Santa Cruz redimiste al mundo!

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